
De entre las aficiones más conocidas en el entorno en el que vivía, la que más le gustaba era la de volar. Más que una afición era un sueño. A veces veía pasar los aviones por el otro lado de la montaña y siempre se preguntaba dónde iban, cuánta gente cabría en ellos, se imaginaba que llevarían balones de fútbol, comida, regalos y muchas otras cosas. Preguntase a quien preguntase nadie le sabía responder, o eso le habían hecho creer. Qué le van a contar a un niño de 5 años. Normalmente se despedía de los aviones con la mano abierta, moviéndola muy rápido para que le pudiesen ver. De todos los que pasaban le gustaban sobretodo los amarillos, pasaban muchos por allí, y estaba convencido de que eran los más grandes y más ruidosos. Le gustaba el ruido, quizás era porque no estaba acostumbrado, en el lugar donde vivía lo máximo que se oía eran los golpes que les daban a los jembes en los días de celebraciones, los cantos a voces que tanto le gustaban y el barullo de gente en los días de mercadillo. Para divertirse solía jugar al fútbol con sus amigos, hacía cabañas o lo que se le ocurriese, nunca se quedaba sin ideas. Pero eso sí, solo jugaba aquellos días en los que tenía la comida asegurada.
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