
Era un día nublado. Las montañas, quietas, imponían su sombra al paisaje. Él las miraba desde una colina, agazapado bajo un ciprés. Solo, siempre solo. Amenazaba lluvia, probablemente tormenta. Lo estaba esperando, lo deseaba. Necesitaba una excusa, un motivo para odiarse. Se encontraba mejor conviviendo con ese silencio que le permitía torturarse. Sabía demasiado bien lo que era tener compañía, con esos murmullos de fondo y esas críticas impertinentes, o con esa falsa caridad de la que algunos presumen. Le hacían sentirse víctima de una sociedad que le repugnaba. Con sus idas y venidas quería dejar claro que era él quien había tomado la decisión de olvidarse del mundo.
Esa decisión la tomó desde bien joven, sin casi darse cuenta de lo que estaba haciendo. Se conocía el paisaje de memoria. A veces se preguntaba por qué iba a ese lugar, y nunca quiso contestarse. Pasaba el rato siempre de la misma forma, en esa colina, bajo ese ciprés, esperando...
Al sonido del primer trueno le acompañaron las primeras gotas, entonces se levantó y se fue a casa.