Los tres mejores buscadores de tesoros se encontraron en el mismo lugar, a la misma hora, en el mismo punto de partida, siguiendo sus respectivas instrucciones al pie de la letra. Encontrarse con los otros oponentes era una contrariedad que ninguno había imaginado. De estos tres individuos destacaba por su complexión un tal Philipe, hombre de figura alargada, que parecía, si eso fuese posible, haber sido exportada de las tribus indígenas del congo, esta similitud se veía reforzada por la mirada atenta y avispada que le caracterizaba. El célebre mago turco Albethamat, conocido por su magnífico número de "la certeza enmascarada", truco que consistía en adivinar todos los pensamientos de su atónito público, si a este hecho le añadimos su grandes dotes para la interpretación no es de extrañar su merecida fama. La tercera persona que se encontraba en el lugar, probablemente la menos deseada, Se le conocía por el sobrenombre de Pantera, era un detective de pies a cabeza, no podía vivir sin analizar cualquier detalle por vanal que fuese. Su aspecto era tosco, casi desfigurado, de corta estatura y mirada afilada, razón que explicaba el exagerado respeto que imponía a sus clientes.
Lo interesante de esta historia es el hecho de que tres personas tan diferentes buscaran el mismo objeto. No es para menos, tratándose de la "tecla del ingenio" nombre por el que se conoce popularmene a la piedra azulada con forma de pirámide cuya posesión da a su amo un ingenio sobrenatural. Grandes hombres hicieron grandes azañas gracias a este objeto. La tradición cuenta que pasó por las manos de Carlomagno, Anibal y Napoleón entre otros hitos de la historia. Cada uno de estos tres misteriosos personajes codiciaban el objeto como nadie: el detective para descubrir los más grandes misterios, el mago para llegar a ser el mejor mago jamás recordado y el nativo para llegar al poder en su país. Estos tres ávidos hombres ansiaban el ingenio más que ningún otro arte o tesoro, para ellos el ingenio era la llave de la voluntad, y con él podrían conseguir cualquier reto, propósito o capricho. Lo que quisieran.
Los tres hombres estaban en alguna zona concreta de algúna recóndita parte de la habana africana. Los tres se encaminaron en busca de la reliquia sin separarse, recelosos de que uno de ellos se adelantara en el descubrimiento. El paisaje común de la zona eran sobretodo arbustos y verde, había bastantes arboles separados entre sí, y a veces se veían zonas coloridas por unas flores extrañas. A lo lejos se podía ver algún que otro animal al que no estaban acostumbrados.
Nunca en la historia del hombre semejantes eruditos en las artes cultas pusieron tanto empeño en la selección de palabras como en esa ocasión, y nunca, hasta ese momento, el resultado de semejantes reflexiones internas dieron un fruto tan poco abundante y conversaciones tan vacías. Hablaban de los pájaros mientras pensaban en sus nidos, hablaban de la forma de las nubes mientras pensaban en la forma del suelo. Buscando maneras de distraer a los compañeros, mientras trataban de no perderse ningún detalle. Entre gente tan adiestrada en el arte de la observación e ingenio, era difícil ocultar ciertas reflexiones o ciertas observaciones del posible paradero de la piedra. Ningún detalle pasaba desapercibido y ningúna teoría podía ser comprobada. Todos se vigilaban entre sí, y al menor síntoma de asombro o duda por parte de uno de ellos provocava en sus rivales un síntoma semejante, que solía acabar en una comprobación exhaustiva del lugar que no llegaba a ningún lado. La mañana pasó con la imágen de estos tres sujetos deambulando entre las plantas y los árboles del parque, del mismo modo pasó también la tarde. Cuando llegó la noche se sentaron a descansar, aunque de descanso tenía poco porque continuaba presente la intensa conversación superflua.
El detective, cansado del largo día, propuso oficialmente una "puesta de la verdad" término que le gustaba utilizar en su vida laboral para profesionalizar su apariencia. Cada uno escribiría en un papel los datos que conocía para encontrar la pirámide, esto se haría bajo juramento y en caso de mentir se castigaría al culpable. El resultado fueron tres frases: "Entre tres cipreses" "un montículo chirría en el paisaje" "la flor del oeste es roja, la del este azul, y la del tesoro no florece" sorprendidos por los hallazgos se apresuraron a llegar al lugar en cuestión; un pequeño montículo custodiado por tres ciperses, florecido como ningún otro, cosa extraña en ese lugar, y allí, pasando casi desapercibida, estaba la ansiada flor marchita. En el tallo de ésta, discretamente enrollado, había un trozo de pergamino que decía "Si leeis este papel antes de las 12:00 la piedra es vuestra. Ya sabéis quien soy".
Con cara de rábia cada uno volvió a su residencia. Probablemente tramando planes personales con los que superar en ingenio al poseedor de esa reliquia, buscando venganza para aquel que les había humillado, para aquél que, habíéndoles retado, había jugado sucio.
