El silencio inunda la pradera, la oscuridad invade el espacio, el ganado está tranquilo. De vez en cuando se escucha un aullido a lo lejos... Toca velar con la escopeta cerca. Tres han sido las pérdidas, no volverá a ocurrir.
Apoyado en el tronco de un abeto, con la mirada atenta, se encuentra Francisco, luchando contra el sueño con una armónica en las manos. Es una melodía triste, recuerda su soledad, su pasado. Termina de tocar. El canto de un búho le permite resistir el sueño por un breve instante. Para luego dormirse de brazos cruzados.
El viento ruge descontento. Unos lobos se acercan sigilosos. Ven el fuego, y junto a él, su presa. Una pesadilla le devuelve al prado. Al mirar de frente, unos ojos gastados le observan desde la oscuridad. Con un breve movimiento, descubre tres, cinco, diez lobos famélicos. Su rifle está descargado. Busca entre el fuego un leño ardiendo. La muerte se acerca, lo presiente. Su caballo ha huido, su rebaño se ha dispersado entre las sombras. Las fieras acechan, esperan atentas. El tiempo avanza, se hace de día y la hoguera empieza a lucir canas. La poca vida que le queda está representada por una llama incierta. Los animales, comienzan el ataque; sigiloso, precavido, prudente... A lo lejos se escucha un disparo. El tiempo se detiene. en un instante el miedo se sobrepone al hambre. Francisco, agradecido, ve de lejos a quien le ha salvado. 8 jinetes continúan disparando al aire mientras le roban su ganado. Indefenso, llora. Cuando todo ha terminado, se levanta y empieza a caminar hacia ninguna parte. Su armónica vuelve a rasgar la canción aquella que tocó una vez, cuando todavía no expresaba tanto.
