domingo, 15 de mayo de 2011

Historia de una canción.



El silencio inunda la pradera, la oscuridad invade el espacio, el ganado está tranquilo. De vez en cuando se escucha un aullido a lo lejos... Toca velar con la escopeta cerca. Tres han sido las pérdidas, no volverá a ocurrir.

Apoyado en el tronco de un abeto, con la mirada atenta, se encuentra Francisco, luchando contra el sueño con una armónica en las manos. Es una melodía triste, recuerda su soledad, su pasado. Termina de tocar. El canto de un búho le permite resistir el sueño por un breve instante. Para luego dormirse de brazos cruzados.

El viento ruge descontento. Unos lobos se acercan sigilosos. Ven el fuego, y junto a él, su presa. Una pesadilla le devuelve al prado. Al mirar de frente, unos ojos gastados le observan desde la oscuridad. Con un breve movimiento, descubre tres, cinco, diez lobos famélicos. Su rifle está descargado. Busca entre el fuego un leño ardiendo. La muerte se acerca, lo presiente. Su caballo ha huido, su rebaño se ha dispersado entre las sombras. Las fieras acechan, esperan atentas. El tiempo avanza, se hace de día y la hoguera empieza a lucir canas. La poca vida que le queda está representada por una llama incierta. Los animales, comienzan el ataque; sigiloso, precavido, prudente... A lo lejos se escucha un disparo. El tiempo se detiene. en un instante el miedo se sobrepone al hambre. Francisco, agradecido, ve de lejos a quien le ha salvado. 8 jinetes continúan disparando al aire mientras le roban su ganado. Indefenso, llora. Cuando todo ha terminado, se levanta y empieza a caminar hacia ninguna parte. Su armónica vuelve a rasgar la canción aquella que tocó una vez, cuando todavía no expresaba tanto.

lunes, 9 de mayo de 2011

La adquisición


Después de un inmenso esfuerzo, y poniendo toda la maña de su parte, consiguió comprarlo por el mísero precio de 80 euros. Estaba orgulloso de haber conseguido regatear tanto. El precio inicial no le parecía escandaloso, pero pudiéndolo reducir a una tercera parte... casi sentía que estaba estafando al vendedor.

Era la mejor inversión que había hecho en su vida. Había conseguido el ejemplar perfecto, macho de dos años de edad, con esos tonos marrones tan característicos de los de su especie, esas cuatro patas cortas y ágiles, ese cuerpo alargado del cual sale una cola medianamente corta y discreta. Se había asegurado de que fuese el ejemplar modelo, comprobando la forma de la cabeza, con el hocico un pelín puntiagudo, el cuello alargado, proporcional a la longitud del cuerpo y muchas otras minuciosidades. Estaba orgulloso de su adquisición, a partir de ese momento ya nadie podría decirle que no existen los Gamusinos.