Estaba dando literalmente las últimas pinceladas, tonos grises y
azules para ese cielo apacible y agitado. Estudiando su nueva obra una y otra
vez. El orgullo del artista reflejaba la maestría del cuadro, con
sus casitas de teja, sus montañas escarpadas y serenas y sus
pequeños personajes paseando entre los jardines, como si tuvieran
vida propia. Algunas palabras se escapaban de la mente del pintor,
eran nombres propios, expresiones, gestos, susurros. Historias dentro
de historias, pequeñas anécdotas sin trascendencia. Vivía tanto su
cuadro que parecía estar dentro de él. Veía perfectamente cómo un
hombre alegre encontraba casualmente a su princesa cayendo de un
granero, y como la señorita Sabrina espiaba una fiesta encaramada a
un árbol, o como Edwar Bloom, un joven audaz y confiado, pretendía
aventurarse en una cueva sombría. Veía en uno de los mejores
jardines del pueblo a la joven Scarlett tonteando con una gran manada
de muchachos sonrientes. Miró un poco a la izquierda y sonrió al
ver a esos tres niños que corrían agachados alrededor de la casa
de vallas blancas, pretendiendo ver sin ser vistos al enigmático
"Boo"
Estaba orgulloso de su obra, un cuadro de sueños poblado por
soñadores, con el colorido lo más vivo posible, intentando
asemejarlo a los paisajes de Constable, muchos verdes y azules
pálidos, lluvias de colores y paisajes en un día luminoso y fresco.
Dejó los pinceles en su sitio, echó ese último vistazo tan gratificante y apagó la luz, desapareció por el pasillo diciendo "la oda
al cine ya está terminada". Por supuesto en la exposición de la
Rambla nadie llegó a entender el título.
