
No todos los días pasaban igual, siempre tenía algo nuevo en lo que pensar. A veces le llegaba un recuerdo, una imagen, una voz desconocida, una nueva teoría. Le costaba mucho luchar contra su imaginación para no volverse loco, quería vivir en la realidad, aunque la suya no era más que un agujero oscuro, un muro de cuatro paredes decorado con palabras que había ido escribiendo a lo largo del tiempo con la intención de no olvidarlas jamás.
De su vida pasada recordaba con gran simpatía sus momentos más vergonzosos, aquellos en los que hizo el ridículo más absoluto... ¡cómo le gustaría ahora volver a vivirlos! Recordaba el esfuerzo invertido en su familia, el día en que se declaró a su mujer... En ese momento no tenía ninguna noticia de ella, sólo le quedaban recuerdos, grabados en su memoria por la necesidad que tenía de ellos. Añoraba sus defectos, esos que antes le desesperaban, y le gustaba pensar en lo que estaría haciendo ella en ese momento; no podía evitar preguntarse si sufría, si estaría preocupada... ¿le habría olvidado? intentaba no hacerse esa pregunta ni tener esos pensamientos, pero era inevitable, le volvían a la cabeza cada instante y por mucho que intentara evitarlos, no conseguía dejarlos de lado, y sufría. Era el único motivo que le hacía hablar en voz alta, que le hacía perder los nervios. Para controlarse necesitaba ponerse a caminar, dando vueltas, pisando sus pisadas una y otra vez. Se sentía cruel al desear que su mujer le recordara... .
En su soledad se daba cuenta de todos sus errores del pasado, de todo lo que podría mejorar si pudiese salir de allí, si su vida dejara de ser silencio. Si en ese momento le diesen un papel y un lápiz, podría dibujar perfectamente la habitación en la que se encontraba, incluyendo la grieta del rincón de la esquina más deteriorada y le dolía darse cuenta que no era capaz de acordarse del color de las cortinas de su cuarto, ni del sonido del timbre de su casa... eran detalles a los que nunca dio importancia, y cada día se preguntaba por qué...
Había días en los que se despertaba cansado y sin ganas de nada, era como una tortura, pasaban muy lentos, le quitaban las ganas de esforzarse por mantenerse cuerdo. Aunque no siempre era así, muchas veces conseguía sobreponerse, se armaba de fortaleza, y alimentado por sus recuerdos, se esforzaba por valorar cada instante de tiempo que pasaba, queriéndolo aprovechar al máximo, "si no tienes nada que hacer, haz algo que merezca la pena". Con esta frase se motivaba, la usaba como muletilla para todo, quería recordarse que cada momento valía el precio que él le daba, y que nunca, ni siquiera estando tan limitado como estaba, se podía desperdiciar.
Había días en los que se despertaba cansado y sin ganas de nada, era como una tortura, pasaban muy lentos, le quitaban las ganas de esforzarse por mantenerse cuerdo. Aunque no siempre era así, muchas veces conseguía sobreponerse, se armaba de fortaleza, y alimentado por sus recuerdos, se esforzaba por valorar cada instante de tiempo que pasaba, queriéndolo aprovechar al máximo, "si no tienes nada que hacer, haz algo que merezca la pena". Con esta frase se motivaba, la usaba como muletilla para todo, quería recordarse que cada momento valía el precio que él le daba, y que nunca, ni siquiera estando tan limitado como estaba, se podía desperdiciar.
Para pasar los días se había hecho un horario no escrito, con el que pretendía distribuir su tiempo de una forma rentable. Este horario tenía como momentos clave las horas de las comidas, ya que eran los únicos puntos fijos en la arbitrariedad del tiempo. Hacía deporte, flexiones, abdominales, también corría, aunque más que correr hacía un simulacro, se movía como lo hacen los corredores mientras esperan que el semáforo se ponga verde. Pensaba en la música, recordaba melodías, no todas le gustaban y, de hecho, habría deseado borrar algunas de su memoria, también componía alguna cosilla, dándole con la imaginación aquello que no le podía dar la realidad, el sonido de una guitarra. De esta forma conseguía pasar la mañana, se daba cuenta de esto porque le llegaba la comida, y comía; normalmente, el aspecto, no muy agradable, era mejor que su sabor.
Durante la digestión solía hacer una siesta no muy larga, no era de dormir mucho. Cuando se despertaba se ponía a leer una parte de aquellas palabras que escribió en la pared durante sus primeros días, para recordar. Dedicaba a los recuerdos gran parte de su tiempo, se podría decir que vivía de sus recuerdos, aunque no era del todo cierto, también tenía sus aspiraciones. A veces, mientras recordaba, empezaba a divagar, como hace un filósofo, poniendo incluso las mismas caras, le gustaba sobre todo el gesto de apoyar la cabeza sobre la muñeca, como el pensador en sus mejores versiones. En sus razonamientos llegaba a intentar contestar preguntas que no interesan a nadie, y no se sentía mal por ello, sabía que no interesaban por su complejidad y se sentía bien al planteárselas. Las conclusiones de estos largos ratos de reflexiones siempre caían en saco roto, ya que no tenía papel donde apuntar, a veces al día siguiente se acordaba de algo, y le servía como inicio para volver a caer en el mismo trance.
Después de cenar, acostumbraba a hacer un breve repaso del día, en el que intentaba recordar todo lo que había hecho, las canciones que había cantado, las conclusiones a las que había llegado... con la intención de poder recordarlo al día siguiente, o cuando fuese. Le gustaba ver los resultados del día y se complacía al imaginar que si no se le hubiese ocurrido organizarse así, probablemente los pasara esperando, asqueado, a las comidas y las cenas para hacer algo.
A veces le daban dolores de cabeza, eso le había pasado a lo largo de toda su vida, pero allí el dolor se agudizaba, quizás era porque no tenía nada con lo que distraerse, cuando le pasaba esto solía echarse a dormir un rato, era el único motivo que se permitía para romper el horario. No se dejaba llevar por la pereza... Y entonces Zaratustra, como había ido haciendo hasta ahora, puso fin a esta comedia de la vida sin finalidad práctica para la sociedad, que nada aporta al sistema de fuegos y nubes en el que vivimos.
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