martes, 30 de septiembre de 2014

¿Vamos a pasear?



Todos salimos a pasear al perro, todos. Hay días que se podría decir que el perro nos saca a pasear. No es la primera vez que lo pienso. Recuerdo esa primera vez. Empezó casi como si Pongo adelantase el reloj, solo que mi perro se llama Martes y lo único que hizo fue ladrar.

Intenté seguir con mi trabajo. Como muchas veces me empezaron a llegar los primeros escobazos al techo de parte de mi encantadora vecina. Y por primera vez decidí que me daba igual. Que seguiría perdiendo el tiempo con el ordenador, con Martes ladrando a una puerta sin vida y con la vecinita intentando seguir el ritmo.

Hay situaciones que no pueden durar demasiado. Como era lógico la vecina subió a visitarme, iba sin la escoba ¡menos mal!. Al verla le di las buenas tardes y la invité a tomar un café. No se si eso la calmó o la enloqueció, la reacción fue ponerse a reir.

"¿Es que tengo que sacar yo a tu perro?" desde mi cansancio dije "sería una gran idea". No lo hizo.

El paseo fue cotidiano, monótono, como siempre. Martes me sacó a pasear un jueves por la noche. No conocí a nadie, pero hablé con muchos conocidos. No es algo que me apasione eso de hablar por hablar, y menos después de un día encerrado en una habitación. No tenía muchas opciones, la señora Bernard quería saber por novena vez la edad de Martes, y otras personas se interesaban por otras minucias. Fue un paseo rutinario.

El fresco de la noche me hizo bien. Me di cuenta de eso porque, al llegar a casa y descubrir el desorden, me sorprendí a mi mismo ordenando un poco. Casi sin mirar el ordenador.

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