
En la espesura de un bosque, oculto entre las zarzas, había un enano, bastante pequeño para su edad, con una barba larga y una gran melena, tez oscura y ojos negros. En sus manos empuñaba una espada bien afilada. Observaba, oculto a cierta distancia, los andares de un león, no era una visión agradable, sobretodo si se estaba dispuesto a enfrentarse a semejante bestia. En un momento de arrojo, de estos que a veces nos abordan sin darnos cuenta, se descubrió ante la fiera. Fueron dos minutos intensos, de estudio del adversario. El león esperaba el ataque y el enano ser atacado, la duda apareció en el enano ¿esto es necesario? pero ya estaba hecho. En el león no había duda posible.
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