Avanzaban despacio, más pendientes de lo que veían que de lo que pisaban. Recorrían un estrecho sendero casi oculto entre la vegetación. El canto de los jilgueros y los gorriones proporcionaba una atmósfera de lo más apacible, en la que las encinas, coloreadas de un verde oscuro, completaban ese cuadro sonoro y sereno. Hacia dónde iban, para qué querían saberlo, solo les importaba caminar, dejarse guiar por el fresco aroma de la hierba y las curiosas formas de los árboles. En un momento dado, decidieron respirar desde la sombra. Se les pudo ver hojeando las páginas de un viejo libro. Al leer, sus rostros perdieron su simpática sonrisa, la serenidad del bosque ya no les calmaba. No parecía el mismo lugar, los gorriones cantaban con un deje de amargura, el baile de las hojas al son del viento provocaba ligeros escalofríos y el insecto más insignificante cobraba un protagonismo excesivo.
Un verdecillo bajó desde la encina más cercana para beber en un pequeño charco, un chillido descontrolado le puso en alerta, al girarse encontró unos ojos humanos que le observaban con pánico. El bosque, que antes era paz y serenidad, se había convertido en la imagen viva de una pesadilla. ¿Es este el poder de un libro?
Un verdecillo bajó desde la encina más cercana para beber en un pequeño charco, un chillido descontrolado le puso en alerta, al girarse encontró unos ojos humanos que le observaban con pánico. El bosque, que antes era paz y serenidad, se había convertido en la imagen viva de una pesadilla. ¿Es este el poder de un libro?

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