jueves, 22 de diciembre de 2011

Los borrachos.



Acurrucados a la sombra de un candil, en uno de los parques más concurridos de la ciudad, se encontraban cinco hombres entre mantas. Esta imagen era tan usual como inusual. Por un lado el lugar y las personas eran los de siempre, por otro, en cambio, donde acostumbraba verse una botella de Wisky reposaba un chocolate caliente, los sombreros harapientos habían sido sustituidos por unos gorros de un rojo ortera permitido para la ocasión, todos lucían calzado nuevo, en su rostro se apreciaba vida y voluntad. Pasado un rato apareció un sexto indivíduo, y con todo el odio del que fue capaz arrojó el candil al suelo chillando y despotricando. El ajetreo del lugar solo permitió enterarse de este barullo a un par de personas, entre las cuales se encontraba Griffin Parson, un joven de aspecto blandengue y una determinación que contrastaba con el tono de su piel, más paliducho que la nieve de esas fechas. Éste, al ver el panorama, se acercó confuso. "¿Qué ocurre?" el recién llegado le miró con un asco admirable, lo admirable de ese asco es que pudiese proceder de una persona, para luego desaparer diciendo tacos y blasfemias. El joven se quedó atónito, viendo a las cinco personas recogiendo el candil e intentando reanimarlo como si nada hubiese pasado, estaban sonriendo.

Uno de ellos se giró y le dio las gracias. De él se puede decir que se quedó haciéndoles compañía un rato, superando esa barrera de todo humano llamada comunmente como prejuicio. En un momento dado salió el wisky y bajo el lema de "esto hay que cerebralo" dieron un trago. Lo impactante es que la siguiente frase fuese un claro y nítido "feliz Navidad".

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