jueves, 19 de abril de 2012

El comediante.


Se dejó caer. Sin hacerse daño pero fingiendo un dolor tan agudo que no pareciese tenerlo. Por supuesto todo el teatro cayó en la trampa. Gente gritando desde todos los rincones. Las señoras y los niños buscaban alguna forma de acercarse a él para ver lo que había pasado. La función se había detenido y los actores eran los primeros espectadores de la escena, los más curiosos. Pocas veces se podía ver a un juglar preocupado o a un mendigo sacando un iphone para hacer una de las tantas llamadas pidiendo una ambulancia. Desde una esquina del escenario, sentada sobre un taburete de estilo antiguo, había una criada, el estruendo del público conmocionado le cortó a media frase, obligándole a parar a contemplar la escena. Miraba extrañada, sin saber que pensar, con la mirada preocupada, si, un poco preocupada...

 La ambulancia llegó como era de esperarse. Irrumpió en la sala con la velocidad de la que hacen gala ante las emergencias de este tipo, abriéndose camino por la alargada escalinata del lateral, hasta llegar a la primera fila, donde reposaba el hombre "muerto". Acto seguido se lo llevaron por una puerta lateral, en dirección al hospital. 

Ya en la ambulancia se levantó de la camilla y aprovechando el parón de un semáforo salió corriendo por las puertas traseras. Los conductores le siguieron con la vista desde el retrovisor mientras se miraban extrañados...

Desde un rincón de alguna calle desconocida se oyó una pequeña carcajada, de estas que salen cuando alguien se siente orgulloso de si mismo. Luego le siguió una frase fuerte, descontrolada, dicha al aire. Una frase de rabieta de niño pequeño que quiere restregar por la cara su azaña "¡Ya no me puedes decir que no soy nadie!" 

Uno de los camilleros que lo había seguido presenció la escena, con todos sus detalles, demasiados detalles para poder asimilarlos. Cuando apareció su compañero le dijo en voz baja "este lo que necesita es un psiquiatra" entre los dos lo cogieron y lo volvieron a llevar a la ambulancia. Esta vez ya no como a una persona desmayada, sino como a un hombre que lo ha perdido todo menos el orgullo.

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