lunes, 27 de junio de 2011

Tiempo de semáforos


Hoy he decidido suprimir el café. Creo que ya estoy suficientemente animado como para someterme a semejante estimulante. En los días que corren, no hay mejor manera de despertar que el salirse de lo cotidiano. Fijaos, Ayer, mientras esperaba que el semáforo se pusiese en verde, me puse a cantar. Había mucha gente y no parecían muy entretenidos, reinaba el silencio, no pensativo sino aburrido, reflejo de cotidianidad y pesadez, me atrevería a decir de rendición. Debo admitir que me hirieron bastante las miradas que me dedicaron algunos. Quizás tenían auténticos problemas...

Cuando llevaba 20 segundos cantando solo, en voz alta, mejor dicho, en voz muy alta, empecé a escuchar que alguien me acompañaba. Era una chica de la acera de enfrente, estaba sonriendo. De repente, las caras cambiaron de uniforme, ahora vestían de una extraña alegría, espontanea. Al sonido de los coches se les sumaron algunas voces más, muy leves, con miedo a ser escuchadas... Algo es algo, luego el semáforo se puso en verde y cada uno se fue por su lado. Eso sí yo lo hice cantando, y creo que algún otro también.

Esta historia pertenece a la imaginación y en ella residirá hasta el fin de la vergüenza.

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